
El cierre de un año no es solo un cambio de calendario; es una oportunidad espiritual. Dios trabaja por temporadas, y cada temporada tiene un propósito, un aprendizaje y un fruto que producir. Ignorar esto puede llevarnos a arrastrar cargas que no pertenecen al siguiente capítulo de nuestra vida.
La Escritura nos recuerda que “todo tiene su tiempo” (Eclesiastés 3:1). Hay momentos para comenzar, pero también momentos para terminar correctamente. Cerrar ciclos no es fracaso; muchas veces es obediencia.
Este es un tiempo para pausar, reflexionar y permitir que Dios haga una obra interna, preparando nuestro corazón para lo nuevo que Él quiere traer.